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-Hola Zek. -Saludó y pasó por su lado para entrar al templo.
El interior estaba tibio, impregnado de ese olor antiguo y ya conocido, cera y hierbas secas que siempre lograba calmarla un poco. Las antorchas ya estaban encendidas, proyectando sombras largas sobre los muros tallados. Ana avanzó unos pasos más antes de detenerse, como si recién entonces notara que no estaba sola.
Zek entró detrás de ella, cerrando la puerta con cuidado.
-Vaya ¿Es un no? -Comentó con una sonrisa ladeada. -Antes al menos fingías que te alegraba verme.
-No es eso. -Respondió ella, exhalando despacio. -Es solo… Hoy no fue un buen día.
-Suelen ser los días malos los que más conversación traen. -Replicó él, apoyándose contra una columna. -Y tú vienes mascullando nombres por el bosque. Eso es interesante ¿Vienes a hacer un ritual al templo? -Ana se acercó a la escultura y puso sus manos como cuenco para cargarlas con agua. Lavó sus manos y saludó a la deidad como había aprendido.
-Debemos cons