La Luna
Ashven no fue llamado con urgencia, y eso fue lo que más le incomodó.
El mensajero no había corrido, no había bajado la voz ni desviado la mirada como solían hacer cuando algo grave ocurría. Solo se inclinó con respeto y dijo que la Luna deseaba verlo en sus aposentos cuando tuviera un momento. Habían pasado meses desde su última visita y lo había evitado con éxito… Cuando tuviera un momento. Como si Ashven pudiera permitirse elegir.
Aun así, tardó más de lo necesario.
Subió las escaleras de la torre oeste con pasos medidos, subiendo los escalones casi por reflejo. El castillo estaba más silencioso que de costumbre; la resaca del festejo aún flotaba en los corredores, en forma de murmullos apagados y cuerpos cansados. Él sentía el peso del día anterior de forma diferente, como una capa en su espalda que no se había quitado del todo.
Los rumores también subían con él, invisibles, persistentes.
Empujó la puerta de los aposentos con cuidado.
El aroma a hierbas lo recibió primero.