CAPÍTULO 76.
Narrador.
— LA AUDACIA DE EROS
El aire olía a incienso y piedra húmeda. Eros abrió los ojos y por un instante no supo si estaba vivo o en el infierno. La habitación era amplia, dorada, con cortinas pesadas y columnas talladas. Reconoció el escudo imperial en los muros: el dragón de Zafir. Había vuelto.
Se sentó con dificultad, respirando agitado. Lo primero que vio fue su reflejo en el espejo. El mismo rostro joven, intacto, sin cicatrices. Las manos sin sangre. No estaba muerto. No estaba en e