151. SÉ MÍA PARA SIEMPRE
KADEN
Tomé su mano y la guié a ciegas hasta las puertas del balcón; luego las abrí de par en par.
Sentí que Isabella se tensaba en cuanto le dio la brisa helada, haciéndola estremecerse.
Casi se detuvo, pero yo seguí tirando de ella. Quería ver qué estaba dispuesta a hacer para complacerme… y mi Omega no me decepcionó.
Era perfecta, y aun con el miedo, con todo lo que se estaba imaginando en la cabeza, se quedó ahí desnuda, de espaldas a mí, mientras yo le susurraba al oído:
—Como te encanta en