Mundo ficciónIniciar sesiónEl curandero acudió a la alcoba cuando recibió el llamado y encontró a Alchester inclinado hacia adelante sobre el borde de la cama, con una mano aferrada al lado izquierdo del pecho.
—Me duele... me duele demasiado... —manifestó. El curandero terminó de revisarlo y frunció el ceño, confundido. —No encuentro ninguna lesión ni indicios de enfermedad. Dígame, Alfa... ¿ha sufrido alguna caída? ¿Recibió un golpe durante su entrenamiento? —No... nada de eso. —Entonces deduzco que el origen de este dolor no es precisamente físico. Alchester bajó la mirada. Sin saber por qué, su mente viajó hacia Galilea. Cuando pensó en ella, sintió que el corazón se comprimía hasta el límite, amenazando con romperse en mil pedazos. Comenzaron a aparecer imágenes confusas en su mente. Eran escenas borrosas, pero veía a Galilea junto a otro hombre. Intentó expulsar aquellas imágenes de su mente, convencido de que eran producto del agotamiento. Sin embargo, cuanto más luchaba por ignorarlas, con mayor intensidad regresaban. De pronto levantó la vista hacia el curandero. —Lárgate. Sal de aquí —después dirigió una mirada fría hacia Tania—. Tú también. ¡Déjenme solo los dos! Ambos intercambiaron una mirada de incomodidad, pero finalmente salieron de la habitación. Cuando se quedó solo, Alchester dejó escapar una respiración temblorosa. Ya no podía seguir engañándose. Comprendía que aquel sufrimiento tenía un único origen. Galilea. Muy lejos de Caerleon, en el Clan Áurea, Galilea continuaba su apareamiento con Volkan. Aquella noche no había terminado después de un solo encuentro. El Alfa la había tomado una y otra vez. Finalmente, cuando estaba cerca de amanecer, Volkan llevó la mirada hacia Galilea. —Puedes irte —manifestó él. No tenía intención de retenerla ni de dormir abrazado a ella. Para él, aquella noche había terminado. Galilea se envolvió en una gruesa manta, sujetándola alrededor de su cuerpo para cubrir la desnudez que había quedado expuesta después de que Volkan desgarrara su vestido. Caminó hacia la salida y abrió la puerta, encontrándose con Ágata quien apoyaba la espalda contra la pared. —Vaya... Por fin saliste —se incorporó. Galilea parpadeó varias veces. ¿Estuvo allí casi toda la noche, esperando a que terminara? —S-señora, y-yo... —Señora Luna, para ti. Ágata la sujetó del brazo y la obligó a caminar varios metros de la puerta hasta detenerse en un rincón donde nadie pudiera escucharlas. —¿Quién demonios eres? —siseó—. ¿Qué haces en este palacio? ¿Y por qué estabas entre las hembras que seleccioné? ¡Jamás te había visto! Galilea bajó la vista y comenzó a retorcer nerviosamente los dedos. —Perdóneme, señora Luna... Yo... solo me mezclé con el grupo de lobas que vi en el bosque. Estaba intentando esconderme y... cuando quise darme cuenta, ya me habían traído hasta aquí. —¿Esconderte? ¿De quién estabas huyendo? ¿Eres una fugitiva? ¿Una criminal? ¿O acaso pretendes hacerme creer una historia absurda cuando en realidad eres una espía enviada por otro clan? Galilea levantó la cabeza de golpe y negó repetidas veces, presa del pánico. —¡No! ¡Se lo juro, no soy una criminal ni una espía! Ágata entrecerró los ojos. —Lo de espía puedo descartarlo. Pensándolo mejor, resulta difícil imaginar que una loba con tu aspecto haya sido entrenada para infiltrarse en ningún sitio. Sin embargo, eso no significa que no puedas ser una criminal. Galilea sintió un nudo en la garganta. —Le juro que no lo soy. Por favor... créame. Lo que sucedió fue que... El hombre al que amaba me traicionó... y estaba huyendo de él. Ágata levantó una ceja para luego exhalar con pesadez. —El Alfa te tomó más de una vez esta noche, ¿no es cierto? Las mejillas de Galilea ardieron de vergüenza y solo bajó la cabeza, pero Ágata ya sabía la respuesta. —¿Terminó dentro de ti todas esas veces? Galilea tragó saliva y respondió con un lento movimiento de cabeza. Ágata cruzó los brazos. —Lo correcto sería enviarte a prisión y que allí se encarguen de ti. Sin embargo, no lo haré debido a las circunstancias. El Alfa te escogió para compartir su lecho y ya ha depositado en ti la posibilidad de un heredero. Mientras exista la mínima posibilidad de que lleves un cachorro suyo en el vientre, no puedo permitir que abandones este palacio. Ágata volvió a tomarla del brazo y caminó hasta llegar a una amplia habitación donde descansaban todas las mujeres que habían sido seleccionadas para el harén de Volkan. En cuanto cruzaron el umbral, las conversaciones cesaron y las miradas se clavaron sobre Galilea con abierta curiosidad. —A partir de este momento, ella será una integrante más del harén del Alfa —habló Ágata con autoridad—. Explíquenle las reglas y asegúrense de que las cumpla. La empujó hacia el centro y dio media vuelta para salir del cuarto. Cuando la puerta se cerró tras ella, las mujeres recorrieron a Galilea de pies a cabeza con una mirada de desaprobación. Algunas intercambiaron miradas silenciosas; otras desviaron el rostro con desdén. Ninguna se acercó a darle la bienvenida ni a dirigirle una palabra. Una tras otra le dieron la espalda, dejándola sola en medio de un lugar donde, desde el primer instante, comprendió que tampoco sería aceptada.






