Mundo ficciónIniciar sesiónVolkan volvió a apoderarse de sus labios en un beso apasionado. Succionaba su boca de tal manera que quedaba roja en cada pausa. Galilea percibió que el aroma que desprendía el Alfa era totalmente irresistible, y no solo por el hecho de que era su mate, sino porque el celo del hombre agregaba intensidad a su fragancia.
Galilea ni siquiera sentía la necesidad de apartarlo. Cuanto más la besaba Volkan, más difícil le resultaba separarse de él. Un impulso que no lograba controlar la llevaba a buscar nuevamente su boca cada vez que él se alejaba por unos centímetros. Sin darse cuenta, era ella quien volvía a cerrar la distancia entre ambos, entreabriendo los labios para recibir los besos del Alfa y permitiendo que aquel vínculo inexplicable siguiera hechizándola.
Sin dejar de besarla, Volkan dejó de sujetarla de la nuca y llevó las dos manos hasta el vestido que cubría el cuerpo de la loba. Con un solo movimiento, rompió la tela desde el escote, separándola en dos y dejando al descubierto sus pechos desnudos.
El sonido de la tela desgarrándose hizo que ella se estremeciera. Un amargo déjà vu cruzó su mente. Aquella escena le recordó inevitablemente lo ocurrido con Alchester, cuando él también había destrozado su ropa.
Sin embargo, la sensación era completamente diferente. Con Alchester había sentido traición, desesperación y un profundo rechazo. Él había intentado imponerle su voluntad cuando ella solo deseaba escapar de sus brazos. Ahora, aunque las circunstancias seguían estando lejos de ser las que habría elegido, no experimentaba aquella necesidad desesperada de apartar a Volkan.
El rubor ascendió por sus mejillas hasta teñirlas de un color carmesí cuando notó que el Alfa recorrió sus grandes pechos con la mirada y se relamió los labios, haciendo alusión a un depredador a punto de devorar a su presa.
Galilea cruzó los brazos sobre el pecho en un torpe intento por ocultarse, cuando de pronto, sintió las manos de Volkan rodeando su amplia cintura.
—¡Espere, no! —exclamó ella con nerviosismo al darse cuenta de que su intención era cargarla.
Durante toda su vida había escuchado comentarios sobre su tamaño, sobre lo pesada que era, sobre cómo su cuerpo jamás sería comparable al de las demás lobas. Por un instante creyó que él tendría dificultades para levantarla.
Sin embargo, Volkan la alzó con facilidad. Su cuerpo ascendió hasta quedar apoyado contra el duro pecho del Alfa, como si no pesara nada. Ni una mueca de incomodidad cruzó el rostro de aquel hombre; su respiración permaneció serena y sus facciones no reflejaron el menor esfuerzo.
Lo único que delataba la inmensa fuerza que poseía era la tensión de sus brazos, cuyos músculos se marcaron bajo la piel. Algunas venas sobresalieron sobre sus antebrazos, dibujando el poder de un guerrero.
Galilea se quedó absorta, contemplándolo con una fascinación que iba mucho más allá de la admiración. Nunca antes alguien la había sostenido de aquella manera. Nunca nadie la había hecho sentir ligera.
Aquella simple acción derrumbó, aunque solo fuera por un instante, las inseguridades que había cargado durante tantos años. Por tanto, obedeciendo al impulso que despertaba el vínculo entre ambos, rodeó la cintura del Alfa con las piernas y buscó nuevamente sus labios.
Volkan avanzó hasta la enorme cama situada en el centro de la habitación y la dejó caer sobre el colchón, que amortiguó el impacto y la hizo rebotar un poco antes de colocarse encima de ella.
Galilea volvió a cubrirse el pecho por su timidez, aferrando los brazos contra su cuerpo. Esta vez, Volkan no permitiría que ella buscara esconderse. Por esa razón, tomó sus muñecas y elevó sus brazos por encima de su cabeza, sujetándolos con una sola mano. Mientras tanto, la mano libre tomó uno de sus pechos para estrujarlo con suavidad.
Volkan llevó la boca hasta su oreja, la rozó con la lengua y dejó una cálida mordida sobre el lóbulo, lo que hizo que se le erizara la piel. Luego su boca descendió por la línea de su cuello y llegó hasta el seno que aun estrujaba con su mano libre, con la intención de acariciar el pezón con la lengua.
Tras unos roces húmedos, succionó apasionadamente, en lo que Galilea arqueó la espalda y se retorció sobre el colchón. Su boca era tan cálida que por un momento olvidó que se encontraba en esa cama por error.
Sin embargo, la realidad regresó de golpe.
Recordó que nunca debió estar allí. Había terminado entre aquellas mujeres por accidente, ocultándose para escapar de los guardias. Ese sitio le correspondía a otra loba, no a ella.
Reuniendo el poco valor que le quedaba, buscó detenerlo.
—A-alfa... Alfa, escúcheme...
Volkan levantó el rostro hasta quedar frente al suyo y volvió a besarla. Después, la mano que permanecía libre ascendió hasta acariciar el contorno de su mandíbula. Su pulgar rozó suavemente sus labios antes de deslizarse entre ellos.
—Hablas demasiado —murmuró—. Guarda silencio.
El pulgar del Alfa se introdujo más profundo en su boca. Galilea supo que no podría detener a Volkan y, de todos modos, no quería hacerlo. Temía a las repercusiones, pero en ese instante y sin poder cambiar su situación, decidió dejarse llevar, por lo que lamió el pulgar del Alfa.
Volkan retiró el dedo de su boca y esa misma mano la deslizó hasta la zona íntima de Galilea. Acarició suavemente su clíptoris con movimientos circulares, para luego introducir sus dedos dentro de ella. La loba se mordió el labio cuando sintió que la acariciaba desde el interior, abriendo las piernas por instinto para darle paso.
El Alfa retiró los dedos y los llevó hasta sus propios labios, saboreando el fluido que quedó en ellos. Cerró los ojos, dejándose envolver por el sabor embriagador, más cautivador que cualquier otro que hubiera conocido.
Una satisfacción cruzó su semblante, mientras el brillo de sus ojos se intensificaban. El celo magnificaba cada estímulo, pero el hecho de que ella fuera su mate elevaba cada emoción a un nivel superior.
Sin poder soportarlo más, se deshizo de su pantalón y tomó su miembro erecto para colocarlo en la entrada de Galilea. Segundos después, se movió para adelante y se abrió paso dentro de ella.
En ese momento soltó las muñecas de la loba que había mantenido hacia arriba. Sabía que no volvería a tratar de cubrirse, pues la tenía con las piernas abiertas y penetrándola salvajemente. Galilea se mordió el labio tan fuerte que lo hizo sangrar, como si estuviera reprimiendo sus gemidos.
Volkan lo notó y se inclinó hacia su rostro.
—Te di la orden de no hablar, pero tienes todo mi permiso para gemir —susurró—. Vamos, gime para mí.
Entonces la embistió con más potencia y Galilea dejó escapar un gemido, sintiendo cómo se le tensaban las caderas. El tamaño del miembro del Alfa no dejaba ningún espacio que llenar, por lo que él disfrutaba de lo apretado que se sentía.
Minutos después, salió de ella para cambiarla de posición. La tomó de las caderas y la hizo girar boca abajo, elevando sus nalgas para que quedaran a su disposición. Se inclinó hacia ella, dejando besos y mordidas sobre su piel, se incorporó de nuevo y reanudó sus despiadadas embestidas.
Volkan levantó una mano en el aire y la dejó caer sobre su trasero derecho, dejando marcas rojas de sus dedos. Galilea soltó un gemido y lo recibió gustosa.
—Más... Más profundo... —suplicó y Volkan no tuvo problema en concederle su deseo.
Él se asomó a su espalda y recorrió con sus labios la línea que descendía por el centro. Sus manos, grandes y curtidas por incontables años de combate, se desplazaban sobre su piel.
Nunca había experimentado una cercanía semejante con nadie. Las emociones, las sensaciones y el placer se entrelazaban hasta formar una experiencia que superaba cualquier recuerdo de su pasado.
Galilea, por su parte, jamás imaginó que pudiera sentirse tan intensamente deseada. La manera en que Volkan la contemplaba, la sostenía y la buscaba hacía desaparecer, aunque solo fuera por momentos, todas las inseguridades que había cargado desde cachorra.
Sin proponérselo, terminó comparándolo con Alchester, el primer hombre al que había reconocido como su compañero destinado. Ambos eran atractivos, pero de maneras distintas.
Alchester poseía una belleza refinada, seductora, de esas que conquistaban con una sonrisa y una mirada amable. Volkan, en cambio, tenía una belleza aterradora. Había algo intimidante en su porte, en la amplitud de sus hombros, en las cicatrices que marcaban su piel y en la firmeza con la que se movía. Era una belleza feroz, masculina, capaz de inspirar admiración y temor al mismo tiempo.
Sus besos, sus embestidas, sus gemidos bajos, todo en él desprendía virilidad, y Galilea lo tenía penetrándola sin piedad, ocupando el lugar que se suponía debía ser de otra mujer.
El vínculo de mates que existía entre ambos se fortalecía. Aunque Volkan todavía no la había marcado, el apareamiento bastaba para hacer aquel lazo más sólido.
Mientras tanto, en el Clan Caerleon, Alchester estaba enfadado por la huida de Galilea.
En ese momento se hallaba dentro de su alcoba acompañado por Tania, la mujer que pronto pensaba tomar como esposa.
—Por favor, Alfa. Olvídese de esa loba. No es más que una criada inútil. Una gorda como ella no sobrevivirá mucho tiempo ahí afuera.
—Esa insolente creyó que podía meterse en mi cama, y me golpeó porque la rechacé —inventó Alchester—. ¿Por qué habría de interesarme una mujer como ella?
No estaba dispuesto a revelar que la había mantenido cerca como su amante ni, mucho menos, que Galilea era su mate.
De pronto, Alchester se encogió de dolor. Se llevó una mano hasta el corazón en lo que un quejido escapaba de su garganta.
—¡Me duele...! —jadeó—. ¡Me duele mucho... siento que voy a morir...!
El pánico se reflejó en el rostro de Tania, quien se incorporó de la cama y corrió hacia la puerta de la alcoba.
—¡Traigan al curandero! ¡Rápido!







