Mundo ficciónIniciar sesiónLos recuerdos desfilaron por la mente de Galilea.
La pequeña casa donde había crecido, levantada dentro de los dominios del castillo. Los vestidos que Frederick le llevaba de vez en cuando, las tardes en que corría a abrazarlo llamándolo «padre».
Él estaba locamente enamorado de Airi, su madre, quien era una loba con curvas exuberantes.
Todo cambió el día en que ella murió, fue cuando Galilea tenía doce años.
Frederick quedó consumido por el duelo. Sin embargo, mientras ordenaban las pertenencias de la difunta, salieron a la luz cartas y recuerdos que revelaban una verdad que cambiaría la vida de Galilea.
Airi había mantenido una relación con otro hombre, Galilea nunca había sido hija del Alfa.
Aquel descubrimiento desató su ira.
—¡Tu madre era una zorra! —rugía Frederick mientras destrozaba la casa—. ¡Se burló de mí durante años!
Galilea, siendo solo una niña, lloraba sin comprender.
—No... padre... ¡eso no puede ser verdad!
—¡No vuelvas a llamarme así! ¡Tú no eres mi hija! ¡Me engañaron las dos!
—¡Yo no sabía nada!
—¡Claro que lo sabías, pero actuabas como si lo fueras! ¡Las dos se rieron de mí! ¡Ella ya está muerta, pero tú me las vas a pagar! —de pronto, la sujetó con brusquedad del brazo y la arrastró fuera de la vivienda—. Le he regalado a tu madre todo tipo de joyas, vestidos caros, lujos... y a ti también te lo he dado todo. Así que tienes una deuda muy grande que solventar. Te pondrás a trabajar en el castillo como una empleada más.
Ese mismo día, pasó a convertirse en una simple criada del castillo. Desde entonces conoció la crueldad.
La llamaban hija de una prosti*tuta y aseguraban que algún día seguiría los pasos de su madre. Se burlaban de su cuerpo, la cargaban con el trabajo más pesado y cualquier error era motivo suficiente para recibir golpes, empujones o humillaciones.
Fue en aquella época cuando conoció a Alchester, quien tenía quince años.
Una mañana, mientras fregaba los pasillos, dos criadas le arrebataron el balde y vaciaron el agua jabonosa sobre ella.
—Hasta para limpiar estorbas, gorda —escupió una.
Las risas resonaron por el corredor mientras Galilea, empapada y de rodillas, intentaba secar el desastre con un paño.
Entonces unas botas se detuvieron frente a ella.
—Es injusto lo que te están haciendo.
Galilea levantó la vista. Era Alchester.
—Es... es porque mi madre… —murmuró avergonzada.
—Tú no tienes la culpa de lo que haya hecho tu madre. No tienes por qué sentirte responsable de sus acciones, los hijos no deben cargar con los pecados de sus padres.
En ese momento le tendió la mano, a lo que Galilea vaciló unos segundos antes de aceptarla.
Alchester la ayudó a ponerse de pie y le dedicó una sonrisa cálida.
—Eres más fuerte de lo que imaginas. Y, si me lo permites... me gustaría ser tu amigo.
Precisamente por eso Galilea había llegado a venerar a Alchester como si fuera un dios. Desde aquel día en que la ayudó a levantarse del suelo, cuando todos los demás solo encontraban motivos para despreciarla, él se convirtió en su único refugio.
Su amabilidad nunca cambió, ni siquiera cuando ambos descubrieron que estaban unidos por el vínculo de mates.
Alchester jamás la rechazó. Se convirtió en su amigo, hasta que, ya convertidos en adultos, ella se entregó a él.
Aquella noche Alchester le juró que, cuando heredara el mando del Clan, la presentaría como su Luna, se casaría con ella y pondría fin para siempre a las humillaciones que había soportado desde niña. Galilea creyó cada una de sus palabras con devoción. Sin embargo, la realidad que tenía delante no guardaba semejanza alguna con aquellas promesas.
Cada palabra que acababa de escuchar desgarraba su corazón. No solo la había humillado; también le confesaba, sin el menor remordimiento, que durante todo ese tiempo había utilizado el vínculo que los unía para consumar su venganza.
Alchester aflojó la mano que sujetaba su cabello, aunque solo para rodearla con los brazos y atraerla hacia él.
—No sirves para otra cosa que para ser mi juguete. Una loba tan despreciable como tú jamás ocupará el lugar de una Luna.
Galilea apoyó ambas manos sobre su pecho con la intención de apartarlo.
—¡Suélteme! No vuelva a tocarme. ¡Aléjese de mí!
—¿Ahora no quieres que te toque? Qué curioso... porque hasta hace muy poco eras tú quien esperaba con ansias que lo hiciera. Sé cuánto disfrutabas cuando estabas entre mis brazos.
El rubor de la vergüenza se mezcló con las lágrimas que seguían resbalando por el rostro de Galilea.
—Olvídelo, ¡no lo dejaré jugar conmigo!
—Deberías agradecer la oportunidad que todavía estoy dispuesto a darte. La única razón por la que acepté compartir mi cama contigo fue porque eres mi mate. Si el destino no hubiera cometido semejante error, jamás me habría fijado en ti. ¿Quién más podría desearte? Nadie soportaría tenerte cerca. Haber estado en mi cama fue el mayor privilegio que recibirás en toda tu vida.
Galilea sintió que aquellas palabras terminaban de sepultar los últimos recuerdos felices que aún conservaba.
Durante años creyó que el mayor sufrimiento de su existencia había comenzado cuando Frederick la despojó de todo cuanto tenía y la convirtió en una simple criada. Se había equivocado.
Existía un dolor más profundo que los golpes y las humillaciones cotidianas. Era descubrir que el único hombre en quien había depositado toda su confianza nunca la había amado y que cada promesa había formado parte de una mentira construida para destruirla.
Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, reunió el valor suficiente para levantar el rostro y sostener la mirada de Alchester.
—Lo odio, Alfa. Lo odio con toda mi alma. No vuelva a acercarse a mí. ¡No permitiré que vuelva a tocarme nunca más!
—¡Deja de resistirte! —impuso él—. ¡¿Cuántas veces hemos hecho esto?! ¡No te hagas la digna que no te queda!
Alchester la empujó contra la cama a lo que Galilea intentó incorporarse con rapidez, pero él subió encima de ella y le rompió la ropa, liberando sus pechos.
—¡No, Alfa! ¡Por favor, no me haga esto! —exclamó ella, fragmentándose en llanto—. ¡Se lo suplico!
Alchester la sujetó por ambos brazos, inmovilizándola con la fuerza propia de un Alfa. Galilea forcejeó para escapar mientras él la obligaba a permanecer debajo suyo.
No podía creerlo. Durante años había venerado a ese lycan; ahora solo veía a un desconocido dispuesto a aplastarla con su autoridad.
Alchester se asomó a ella para besarla forzosamente, y aunque Galilea lo había amado tanto, en ese momento estaba sumida en la decepción y la traición, por lo que sus besos le causaban rechazo. No podía corresponderle como antes.
El Alfa bajó a su cuello, succionando su piel hasta dejar una mancha morada. Su miembro ya se había puesto duro con tan solo inhalar su aroma y tocar su piel, que para él siendo su mate era un elixir. Bajó a sus pechos y lamió uno de ellos, deleitándose con el sabor que lo motivaba a devorarla.
El cuerpo de Galilea reaccionaba en contra de su voluntad, humedeciendo su zona íntima. Sin embargo, su indignación superaba altamente cualquier deseo. Odiaba la manera en que quería someterla sin tener en cuenta lo que ella quería, y que pensara que podía tomarla con tanta facilidad después de haberla menospreciado.
Por lo tanto, decidió quitarle el poder a Alchester sobre ella y su cuerpo.
Cuando él subió para besarla de nuevo, Galilea no permitió que llegara a su boca.
—¡Dije que no! —exclamó, proporcionándole un cabezazo a Alchester, rompiéndole la nariz.
Éste se llevó una mano a su tabique nasal, totalmente aturdido, a lo que Galilea aprovechó esa distracción para empujarlo y sacárselo de encima. Corrió hacia la puerta, la abrió y echó a correr fuera de la habitación.
Durante unos instantes, Alchester permaneció con la mano apoyada sobre la lesión. Cuando retiró los dedos observó la sangre que manchaba la palma.
¿Cómo se atrevía? Aquella mujer debía estar arrodillada ante él, implorándole una segunda oportunidad, suplicándole que no se casara con Tania y aceptando con gratitud el lugar que él aún estaba dispuesto a ofrecerle.
En cambio, había tenido el descaro de rechazarlo, de golpearlo y de escapar como si fuera él quien debía perseguirla y rogarle para que estuvieran juntos.
Alchester salió de la habitación, indignado.
—¡Guardias! ¡Vayan tras esa loba insolente! ¡Arréstenla y tráiganla ante mí!







