3- LA ENCONTRAMOS.

Galilea abandonó la alcoba cubriéndose el pecho con ambos brazos debido a la ropa desgarrada. Mientras corría, alcanzó a oír la voz de Alchester cuando ordenó que los guardias la arrestaran.

En ese momento comprendió que ya no podía seguir en el castillo. Ya no le quedaba nada dentro de aquellas murallas.

Siguió corriendo por los corredores mientras el estruendo de las botas de los guardias se acercaba cada vez más. Al llegar a la salida trasera del castillo, dejó que su loba tomara el control.

Su figura humana dio paso a una enorme loba gris, de pelaje abundante y complexión robusta. Luego cruzó el patio del castillo y se internó en el bosque.

Cinco guardias también adoptaron su forma de lobo y salieron tras ella. 

Galilea se internó entre los árboles y siguió avanzando hasta que, a lo lejos, distinguió varias siluetas iluminadas por la luz de la luna. Eran numerosas lobas organizadas en distintos grupos.

Desesperada, corrió hacia ellas y se mezcló entre las desconocidas, intentando ocultar su corpulento cuerpo.

Las demás lobas la observaron confundidas e intercambiaron miradas entre sí.

—Por favor... no digan nada... se los suplico... no me delaten. Por favor... —susurró Galilea.

Los guardias llegaron hasta el grupo de lobas y se detuvieron a observar. El olor de tantas hembras se mezclaba, desorientándolos. Ninguno imaginó que la fugitiva pudiera ocultarse allí, así que reanudaron la búsqueda en otra dirección.

Cuando las siluetas de los guardias desaparecieron entre los árboles, Galilea exhaló aire, sintiéndose aliviada.

Sin embargo, cuando planeaba salir del grupo, un par de lobos aparecieron frente a ellas. Se trataba de una hembra de pelaje blanco, y su acompañante era un macho amarronado.

—¡Todas en marcha! —ordenó el lobo.

Las lobas obedecieron y comenzaron a caminar formando una fila ordenada. Galilea permaneció entre ellas. No sabía quiénes eran ni adónde se dirigían, pero abandonar el grupo le parecía peligroso.

Después de caminar varios metros, logró ver un enorme vehículo de transporte que en la parte posterior estaba protegida por gruesos barrotes de acero que formaban una amplia jaula, la cual estaba destinada al traslado de varias personas.

Una tras otra, las lobas comenzaron a recuperar su forma humana y subieron a la jaula. Todas se hallaban desnudas, al igual que Galilea, ya que Alchester le había destrozado la ropa.

Poco después, el enorme vehículo comenzó a avanzar.

—¿A-a dónde nos llevan? —susurró Galilea a quien estaba cerca de ella, pero la mujer solo la miró con extrañeza, como si su pregunta fuera absurda. No recibió respuesta.

Galilea intentó mantenerse despierta, pero terminó vencida por el sueño.

Cuando volvió a abrir los ojos, los primeros rayos del amanecer iluminaban el camino y, al mirar a través de los barrotes, se fijó en que ya no se hallaban en el bosque.

—Al menos ya no estoy en Caerleon... —murmuró ella y un pequeño suspiro escapó de sus labios.

El vehículo atravesó unas enormes puertas de hierro y se detuvo frente a un imponente palacio. Un empleado abrió la jaula y un grupo de criadas se acercó llevando mantas entre los brazos.

—¡Tomen y cubran sus cuerpos! —anunció una de ellas.

Galilea tomó la suya y se envolvió en ella. De pronto, la loba blanca que había visto en el bosque, había tomado su apariencia humana y se aproximó nuevamente.

—Síganme —ordenó ella, quien las guió por largos pasillos decorados lujosamente.

¿De qué se trataba todo eso? ¿Acaso todas ellas estaban destinadas a la servidumbre de dicho palacio? Fue lo que pensó Galilea.

Finalmente llegaron a una enorme sala donde, en el centro, había una gigantesca tina circular de piedra llena de agua caliente.

—¡Entren! —impuso la loba que las guió hasta allí.

Una a una obedecieron y las criadas comenzaron a lavarlas con esponjas y jabón perfumado.

Más de una no pudo evitar detenerse unos segundos para observar a Galilea.

—¿Cómo es que trajeron a una loba así al palacio? —murmuraron entre ellas. No era usual que llegaran hembras con una complexión tan robusta como la de Galilea.

Después del baño, las ayudaron a secarse y a vestirse. Mientras las demás recibían prendas a su medida, las criadas tuvieron que buscar un vestido que le sirviera a Galilea. Al final encontraron uno de mayor tamaño y lograron acomodárselo.

Cuando todas estuvieron listas, la mujer las condujo hasta una enorme alcoba e ingresaron en ella.

—Formen una fila horizontal —impuso la mujer—. Todas miren al frente, mantengan el rostro en alto y entrelacen las manos delante del cuerpo.

Todas obedecieron y Galilea también, pese a estar confundida. Hasta ese momento había supuesto que la llevarían a desempeñar labores como criada, pero cada indicación que recibían le resultaba extraña.

Cuando todas estuvieron acomodadas, la mujer recorrió la fila con la mirada.

—Todas saben por qué están aquí. Han sido seleccionadas para convertirse en posibles reproductoras de mi esposo, el Alfa Volkan de Áurea. Así que mantengan la cabeza en alto para que el Alfa pueda observarlas. Esta noche escogerá a una de ustedes para que comparta su alcoba.

Todo el cuerpo de Galilea se estremeció de pánico y sus ojos se desorbitaron por la impresión. Ni por un instante se le había pasado por la mente que aquel fuera el verdadero motivo por el que la habían llevado hasta ese lugar.

—P-perdone, yo... —intentó hablar.

—¡Silencio! —la interrumpió la mujer con severidad—. ¿Acaso ya olvidaron las reglas? Ninguna tiene permitido hablar.

Galilea cerró la boca. El miedo fue suficiente para impedirle insistir. 

Sin embargo, la loba frunció ligeramente el ceño y la miró de arriba a abajo.

—¿Tú...? ¿Por qué estás...?

No alcanzó a terminar la pregunta, pues un gruñido masculino se hizo escuchar de repente. En ese momento, la mujer bajó la cabeza y retrocedió para permanecer en un rincón.

Fue entonces cuando toda la atención quedó puesta en la figura que se erguía frente a ellas.

De espaldas, se hallaba un hombre. Su espalda era ancha, imponente, marcada por músculos y atravesada por numerosas cicatrices que hablaban de incontables batallas. Además, una espesa melena negra descendía hasta rozarle los hombros.

Sostenía un vaso de licor entre los dedos y, al levantarlo hacia los labios, los músculos de su brazo se tensaron bajo la piel, revelando una fuerza intimidante.

Después dejó el vaso sobre una pequeña mesa de madera, y entonces se dio la vuelta.

Su pecho desnudo parecía tallado en acero. Los pectorales y el abdomen marcaban cada línea de una musculatura desarrollada durante años de combate. La barba perfectamente cuidada endurecía todavía más sus rasgos severos. El ceño permanecía fruncido, como si aquella expresión formara parte natural de su rostro, mientras unos penetrantes ojos azules recorrían a las mujeres reunidas frente a él.

Galilea lo contempló con cierta fascinación. Nunca creyó que pudiera existir un hombre más atractivo que Alchester.

Fue entonces cuando los ojos del hombre se detuvieron sobre ella. La diferencia entre Galilea y las demás era bastante notoria.

Pero no fue su aspecto lo que realmente captó su atención.

De improviso, un delicado aroma a miel invadió sus sentidos. Era dulce, cálido y extrañamente adictivo.

Dentro de él, su lobo despertó y rugió con una certeza absoluta.

«La encontramos... ¡Es nuestra mate!»

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