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Capitulo 6 : El refugio de la rebeldia.

La mañana del segundo día amaneció con un silencio sepulcral en la mansión de los Castellanos de la Vega. El desayuno, que solía ser un ritual de modales perfectos y platería reluciente, se había convertido en un campo de batalla de miradas gélidas. Mi madre apenas probó su té de porcelana de Sevres, y mi padre permaneció oculto tras el diario financiero, evitando mis ojos como si mi desobediencia fuera una mancha en el escudo familiar.

—No puedes marcharte así, Dana —soltó mi madre finalmente, dejando la taza con un tintineo nervioso—. Este es tu hogar. Lo que pasó con Jack es una tragedia, sí, pero afuera el mundo es un lugar inhóspito para una mujer de tu posición. No tienes experiencia, no sabes cómo se maneja la vida real más allá de estas paredes.

—Lo que no tengo, mamá, es intención de seguir siendo un adorno en esta vitrina —respondí, poniéndome de pie con una firmeza que la hizo respingar—. Me han protegido tanto que terminaron por asfixiarme. Necesito aire. Mi propio aire.

Subí a mi habitación y tomé las llaves de mi coche. Tenía una lista de propiedades que había marcado durante la madrugada, cuando el recuerdo de las manos de Dante no me dejaba conciliar el sueño. Buscaba algo que rompiera con el mármol frío y las alfombras persas de mi infancia. Buscaba un lugar que oliera a libertad.

Tras descartar dos opciones que olían a la misma opulencia rancia de mi casa, llegué al tercer destino: un antiguo estudio de artista en el casco histórico. Tenía techos de doble altura, vigas de madera recuperada y unos ventanales inmensos que dejaban entrar la luz dorada de la tarde como una bendición. Las paredes de ladrillo visto le daban un aire honesto que me hizo sentir, por primera vez en años, que podía respirar sin pedir permiso.

—Es un poco... rústico para alguien con el apellido Castellanos, señorita —comentó el agente inmobiliario, revisando mis credenciales con una mezcla de respeto y desconcierto—. La mayoría de los clientes de su nivel prefieren la zona norte, con seguridad privada y acabados de lujo.

—Mi nivel ha cambiado, y mis prioridades también —lo interrumpí, recorriendo con los dedos la superficie de una columna de madera—. Me quedo con este.

Caminé hacia el gran ventanal. Desde allí se veía la cúpula de la catedral y, a lo lejos, el perfil de la ciudad moderna. Me sentí poderosa. Estaba comprando mi independencia con el fondo fiduciario que mi abuela me había dejado, un capital que Jack siempre me sugirió invertir en "nuestro" futuro hogar. Qué ironía. Ese dinero ahora financiaría mi fuga.

Mientras el agente preparaba los documentos, mi teléfono vibró. No era Jack. Era un mensaje de un número que no tenía guardado, pero cuya voz podía leer perfectamente en mi mente.

"El ladrillo frío necesita el calor de una piel que sepa lo que quiere. Un lugar excelente para empezar de nuevo, Dana."

Sentí un escalofrío que no tuvo nada que ver con la corriente de aire del estudio vacío. Miré hacia la calle, buscando entre los transeúntes aquella figura imponente, aquel cabello dorado que brillaba bajo el sol como el oro viejo. No vi a nadie, pero supe que estaba cerca. Dante no solo era un servicio contratado; se había convertido en la sombra que velaba por mi transformación.

Firmé los papeles con una caligrafía firme, sintiendo que cada trazo era un clavo más en el ataúd de mi pasado. Al salir del edificio, el aire de la ciudad me pareció distinto, más eléctrico, cargado de una promesa que me hacía caminar con la espalda más recta y la barbilla en alto.

Decidí caminar un poco, perdiéndome entre la gente, disfrutando de un anonimato que nunca había tenido. Pero entonces, al doblar la esquina de una callejuela empedrada, el corazón se me detuvo de golpe.

A unos metros de mí, recostado contra una pared de piedra y observando un escaparate con una indiferencia estudiada, estaba él. No llevaba el traje impecable de la otra noche, sino una chaqueta de cuero oscuro y unos vaqueros que marcaban sus piernas poderosas. El sol de la tarde encendía su cabello, convirtiéndolo en un faro en medio de la multitud.

Mi respiración se atascó en mi garganta. ¿Era una coincidencia o me estaba siguiendo? ¿Era parte del trato o algo mucho más personal?

Dante giró la cabeza lentamente, como si hubiera sentido mi mirada quemándole la nuca. Sus ojos azules se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó anclada al suelo. No sonrió. No hizo ningún gesto de saludo. Pero en esa fracción de segundo, el mundo entero dejó de existir.

Justo cuando iba a dar un paso hacia él, un coche negro de cristales tintados se detuvo bruscamente frente a mí, bloqueándome la vista. El motor rugió y, para cuando el vehículo avanzó, el espacio contra la pared estaba vacío.

Dante había desaparecido como un fantasma, dejándome sola con el pulso errático y una pregunta que me quemaba el pecho: ¿Qué hacía él en este rincón de la ciudad, y por qué sentía que nuestra semana de espera acababa de romperse en mil pedazos?.

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