Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo se redujo al espacio que separaba mi cuerpo del suyo sobre aquel colchón de seda. Dante me había depositado allí con una delicadeza que me resultaba casi dolorosa; era como si fuera consciente de que no solo estaba tocando mi piel, sino manipulando las piezas rotas de mi alma. La penumbra de la habitación, rota apenas por el resplandor de la luna y una lámpara de luz cálida, convertía sus músculos en un mapa de sombras y relieves que me invitaban a perder el juicio.
Me quedé allí, observándolo mientras terminaba de deshacerse de su camisa. El impacto visual fue devastador. Dante no era solo un hombre atractivo; era una fuerza de la naturaleza. Su torso, firme y marcado por una vida que yo apenas alcanzaba a imaginar, emanaba un calor que podía sentir incluso antes de que volviera a tocarme. Cada una de sus cicatrices parecía contar una historia de batallas ganadas, un contraste feroz con mi propia piel, que hasta esa noche había permanecido intacta, protegida y, en cierta medida, marchita.
—¿Sigue queriendo huir, Dana? —preguntó él, su voz era un susurro ronco que acariciaba mis oídos.
—No —respondí, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Quiero saber qué hay del otro lado del miedo.
Dante se inclinó sobre mí, apoyando sus brazos a ambos lados de mi cabeza, encerrándome en un refugio de aroma a madera y deseo. Su mirada azul se clavó en la mía, buscándome, exigiéndome una honestidad que nunca le había entregado a nadie. Lentamente, bajó la cabeza hasta que nuestras narices se rozaron. El aire que compartíamos estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.
—El miedo es solo la antesala del placer —sentenció él—. Pero para llegar allí, debe confiar en mis manos más de lo que confía en sus propios recuerdos.
Sus labios encontraron los míos de nuevo, pero esta vez no hubo brusquedad. Fue un beso lento, exploratorio, un lenguaje nuevo que mi boca aprendía a hablar con una sed desesperada. Sus manos comenzaron a recorrer mi cuerpo, pero no buscaban una satisfacción rápida; buscaban mi asombro. Sus dedos delinearon la curva de mis pechos sobre la seda del babydoll, moviéndose con una parsimonia que me hacía sollozar de pura anticipación. Cada roce era una pregunta, y mi cuerpo respondía con una urgencia que me asustaba.
Sentí el peso de su cuerpo presionando contra el mío, una calidez sólida que me hacía sentir protegida y expuesta al mismo tiempo. Sus manos descendieron hacia mis muslos, separándolos con una suavidad que no admitía réplicas. El contacto de su piel con la parte interna de mis piernas fue como una descarga eléctrica que me recorrió la columna. Cerré los ojos, pero él volvió a recordarme su regla de oro.
—Míreme, Dana. No se esconda de lo que siente.
Abrí los ojos y me encontré con su rostro, a escasos centímetros del mío. Su expresión era de una concentración absoluta, como si yo fuera la obra de arte más compleja que jamás hubiera tenido que descifrar. Sus dedos continuaron su camino, explorando los límites de mi sensibilidad con una maestría que solo los años de experiencia pueden otorgar. Cada caricia era una revelación; descubrí puntos de mi propio cuerpo que nunca habían sido despertados, zonas donde el placer era un hilo fino y agudo que me hacía arquear la espalda buscando más.
El tiempo dejó de tener sentido. Podrían haber pasado minutos u horas, pero en esa suite de lujo, solo existía el ritmo de nuestras respiraciones y el sonido sordo de nuestros corazones latiendo al unísono. Dante me guiaba a través de un laberinto de sensaciones, enseñándome que el placer no era algo que se recibía, sino algo que se construía paso a paso, susurro a susurro.
—Usted es un incendio, Dana —murmuró contra mi cuello, mientras sus labios dejaban un rastro de fuego en mi piel—. Un incendio que ha estado contenido demasiado tiempo tras una fachada de perfección.
Sentí que la tensión en mi vientre crecía hasta volverse insoportable. Era una presión dulce, un anhelo que me hacía clavar las uñas en sus hombros, buscando un ancla en medio de la tormenta. Dante parecía leer cada uno de mis impulsos; aumentaba la intensidad justo cuando yo creía que no podía soportar más, y luego volvía a la suavidad, prolongando mi agonía de la forma más deliciosa imaginable.
En ese momento, la traición de Jack se sintió como una vida que le pertenecía a otra persona. Ya no era la novia plantada en el altar; era una mujer reclamando su derecho a sentir, a vibrar, a ser el centro de una pasión que no pedía permiso ni perdón. La pureza que tanto había cuidado no se estaba perdiendo; se estaba transformando en algo mucho más poderoso: en autoconocimiento.
Dante se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para que nuestras miradas volvieran a encontrarse en la penumbra. Su rostro estaba bañado en sudor y sus ojos brillaban con un triunfo que me hizo sentir invencible.
—Esta noche —susurró, sellando nuestra alianza con un beso final—, el mundo descubrirá que la chica buena ha muerto para dejar paso a alguien que ya nunca más aceptará las migajas de nadie.
Me envolvió en sus brazos, y mientras la noche avanzaba, comprendí que este no era el final de mi historia, sino el prólogo de una vida donde yo, y solo yo, sería la dueña de mis propias sombras y de mi propia luz.







