Mundo ficciónIniciar sesiónLa mano de Dante, extendida hacia mí en la penumbra de la suite, no era solo una invitación; era un puente hacia un abismo del que sabía que no regresaría siendo la misma. Mis dedos, todavía temblorosos, se cerraron sobre su palma. El contacto fue una revelación: su piel era cálida, de una firmeza que contrastaba con la suavidad de la seda que me envolvía. Me puso de pie con una facilidad pasmosa, como si mi peso no fuera más que un suspiro para su fuerza contenida.
—Venga conmigo —susurró, y su voz vibró en el aire espeso de la habitación.
Me guió con una parsimonia que me ponía los nervios de punta hacia un rincón de la estancia que yo había intentado ignorar desde que entré: un espejo de cuerpo entero, de marcos dorados y antiguos, que parecía observar la habitación con una mirada propia. Al llegar frente a él, Dante se colocó justo detrás de mí, pero no me soltó. Sus manos bajaron por mis brazos hasta posarse en mis hombros, anclándome al suelo mientras me obligaba a enfrentar mi propia imagen.
Y ahí me vi.
Por un segundo, mi mente buscó a la Dana de siempre, la chica de vestidos recatados y sonrisa ensayada que caminaba tres pasos detrás de Jack. Pero la mujer que me devolvía la mirada desde el cristal era una desconocida. Estaba despeinada, con las mejillas encendidas por un rubor que nacía desde lo más profundo de mi vientre, y sus ojos... sus ojos tenían un brillo de hambre y miedo que nunca antes me había atrevido a reconocer. El babydoll color vino, que antes me hacía sentir disfrazada, ahora parecía una segunda piel que resaltaba cada curva que yo siempre había intentado disimular.
—Mírese, Dana —ordenó Dante, su aliento rozando mi oreja, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna—. No cierre los ojos. No huya de lo que es. Vea lo hermosa y sexy que es y que siempre ha sido.
Sus manos comenzaron a descender por mis costillas, delineando la curva de mi cintura con una lentitud tortuosa. Yo contenía el aliento, con los nudillos blancos de tanto apretar mis propios muslos. Ver sus manos grandes y masculinas sobre mi piel pálida creaba un contraste casi artístico, una imagen de posesión que me hacía sentir más viva que cualquier oración en la iglesia.
—Durante años le han enseñado que su cuerpo es un templo que debe permanecer cerrado —continuó él, y sus dedos se hundieron ligeramente en la suavidad de mis caderas—. Le han dicho que sus curvas son algo que debe ocultar,que las dietas y bajar de peso es lo único que la hará hermosa, que su deseo es una falta de respeto. Le mintieron, Dana. Su cuerpo no es un templo para ser adorado desde lejos; es un instrumento para ser tocado.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino de una liberación agónica. El recuerdo de Jack despreciando mi figura, sugiriéndome dietas o simplemente ignorando mi feminidad bajo las sábanas, se desvaneció ante la mirada devoradora de Dante en el espejo. Él no miraba mis "imperfecciones"; él miraba un banquete.
Sus labios encontraron el hueco entre mi cuello y mi hombro, depositando un beso húmedo y profundo que me hizo arquear la espalda. El contacto físico, sumado a la imagen visual de nosotros dos fundidos en el reflejo, fue una sobrecarga sensorial. Sentí que mis rodillas flaqueaban, que el mundo se volvía sordo y que lo único real era el calor que emanaba de él y la forma en que mis pechos subían y bajaban en una respiración errática.
—Dígame qué ve —insistió él, sin dejar de acariciar la parte externa de mis muslos, subiendo la tela del vestido centímetro a centímetro.
—Veo... veo a alguien que no conozco —logré articular con la voz quebrada.
—Ve a una mujer que está despertando —corrigió Dante con un susurro que era puro terciopelo—. Ve a la mujer que Jack nunca fue lo suficientemente hombre para reclamar. Ve a una reina que hoy ha decidido dejar de pedir permiso para sentir.
Sus manos treparon de nuevo, esta vez buscando mis propios dedos. Los tomó y los guió hacia mis pechos, obligándome a tocarme a mí misma mientras él me observaba. El tabú se rompió con un estrépito silencioso. Ver mis propias manos, bajo la guía de un extraño, explorando mi propia sensibilidad frente a un espejo, fue el acto más erótico y subversivo de mi vida. La vergüenza luchaba contra un placer nuevo y punzante que nacía en mi centro y se extendía como fuego líquido por mis venas.
—Sienta su propio corazón —me pidió, mientras su otra mano bajaba con una firmeza peligrosa hacia la curva de mis glúteos, atrayéndome más hacia él—. Sienta cómo reclama lo que es suyo.
Cerré los ojos un segundo, abrumada, pero él volvió a sujetar mi mandíbula, obligándome a mirar el cristal.
—No se pierda este momento, Dana. Véase florecer. Véase arder.
En el reflejo, vi cómo su figura imponente eclipsaba la mía, protegiéndome y exponiéndome al mismo tiempo. El magnetismo entre nosotros era una cuerda tensa a punto de romperse. Sentía la dureza de su cuerpo contra mi espalda, una promesa silenciosa de que la lección de hoy no tendría límites. Mis sentidos estaban tan agudizados que podía oler el aroma amaderado de su piel, escuchar el crujir de la seda bajo sus dedos y sentir la vibración de su risa baja en mi nuca.
—Es hermosa —sentenció él, y por primera vez en mi vida, lo creí—. Y esta noche, el mundo entero podría estar ardiendo afuera, que para mí no existiría nada más que este reflejo.
Me giró lentamente, rompiendo la hipnosis del espejo para enfrentarme a la realidad de sus ojos azules. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban, creando un microclima de necesidad y anhelo. Dante se deshizo de su chaqueta, dejándola caer al suelo sin apartar la mirada de la mía, y luego comenzó a desabrochar los botones de su camisa con una calma exasperante.
—La lección del espejo ha terminado —dijo, y su voz tenía ahora un matiz más oscuro, más animal—. Ahora, Dana, es momento de que deje de ser una espectadora de su propio deseo. Es momento de que aprenda lo que significa ser poseída por alguien que realmente sabe valorar el tesoro que usted es.
El aire en la habitación pareció agotarse. Me quedé allí, de pie, con la piel erizada y el alma en un hilo, viendo cómo el hombre que había contratado se despojaba de sus últimas defensas, revelando un mapa de músculos y cicatrices que hablaban de una vida que yo no podía ni imaginar. La timidez intentó regresar, pero el fuego que él había encendido frente al espejo era demasiado grande para ser apagado.
—Haga que me olvide de todo —supliqué, dando un paso hacia él, rompiendo la última barrera de espacio personal.
Dante sonrió, una expresión pícara y triunfal que me prometió el cielo y el infierno al mismo tiempo.
—No solo haré que se olvide de todo, Dana. Haré que se olvide de quién creía ser, para que mañana, cuando despierte, solo pueda recordarse a sí misma como la mujer que nació esta noche en mis brazos.
Me tomó por la cintura y me elevó, llevándome de regreso hacia la inmensidad de la cama, donde la verdadera danza estaba a punto de comenzar.







