Mundo ficciónIniciar sesiónEl peso de Dante sobre el colchón no solo inclinó mi cuerpo hacia el suyo; pareció alterar la gravedad misma de la habitación. Me quedé allí, suspendida en un silencio que zumbaba en mis oídos, mientras su mano derecha ascendía por mi mejilla hasta enredarse con una lentitud tortuosa en mi cabello. El contraste era abrumador: sus dedos eran grandes, cálidos y poseían una seguridad que me hacía sentir como una hoja a merced de una tormenta.
—Míreme, Dana —ordenó. No fue un ruego, fue una instrucción cargada de una autoridad que me hizo estremecer.
Obligué a mis párpados a levantarse. Sus ojos azules estaban a escasos centímetros de los míos, tan intensos que parecieron quemar las últimas defensas que me quedaban. En ellos no encontré la burla que esperaba, ni la frialdad de un mercenario del placer. Encontré una curiosidad depredadora, una fascinación que me hizo sentir, por primera vez en mis veinticuatro años, que yo era el centro de un universo peligroso.
—¿Sabe por qué acepté este contrato? —susurró, su aliento rozando mis labios con la suavidad de un suspiro—. Recibo cientos de solicitudes. Mujeres que buscan olvidar, mujeres que buscan cobrar deudas... pero usted... usted desprende un aroma a rebelión que es imposible de ignorar.
Mi corazón dio un vuelco. Quise decirle que no era rebelión, que era puro despecho, una rabia sorda que me quemaba las entrañas desde que vi a Jack en aquel baño. Pero las palabras se atascaron en mi garganta cuando Dante bajó la mirada hacia mi boca.
Su otra mano descendió por mi brazo, dejando un rastro de escalofríos a su paso, hasta posarse en mi cintura. La presión de sus dedos contra la seda del babydoll me hizo arquear la espalda de forma instintiva. Era una respuesta física que no podía controlar, una traición de mi propio cuerpo que gritaba por un contacto que mi mente todavía temía.
—Está aterrada —afirmó él, y una chispa de picardía iluminó su rostro—. Pero también está impaciente. Su pulso en el cuello me está contando una historia muy distinta a la que intenta decirme con su silencio.
Me sentí desnuda ante él, y no por la falta de ropa, sino porque parecía capaz de leer cada uno de mis secretos.
—Solo... solo quiero que esto pase rápido —mentí, desviando la mirada hacia las cortinas de terciopelo que bloqueaban el mundo exterior—. Quiero dejar de ser quien soy por unas horas.
Dante soltó una risa baja, un sonido gutural que vibró en el aire.
—Ahí es donde se equivoca, pequeña flor. Yo no estoy aquí para que deje de ser quien es. Estoy aquí para que descubra quién ha sido siempre y no se ha atrevido a confesar.
Se inclinó más, reduciendo el espacio entre nosotros hasta que sentí el calor irradiando de su torso. El aroma a madera y algo amargo, como el café fuerte, me embriagó. Antes de que pudiera protestar, sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja, enviando una descarga eléctrica que me recorrió la columna hasta instalarse en mi vientre.
—Usted cree que la virginidad es un tesoro el cual voy a robar esta noche —continuó él, su voz bajando a un nivel casi inaudible—, pero para usted hasta ahora es solo una cadena. Esta noche, yo no voy a robársela. Voy a liberarla de ella. Pero antes, tiene que darme permiso para cruzar la línea.
El desafío estaba sobre la mesa. Dante no iba a tomar lo que yo no estuviera dispuesta a entregar con plena consciencia. Quería mi rendición, no mi obediencia. El silencio se volvió denso, cargado de una tensión que amenazaba con hacerme estallar. Recordé a Jack, recordé la humillación, y luego miré al hombre que tenía frente a mí: un extraño que me ofrecía un mapa hacia mi propio placer.
—Cruce la línea —susurré, y al hacerlo, sentí que una parte de mi antigua vida se desmoronaba para siempre.
Dante no necesitó más. Su mano en mi nuca se cerró con una firmeza posesiva y me atrajo hacia él. El primer beso fue un choque de realidades. No fue el roce tímido y casto al que yo estaba acostumbrada; fue un asalto. Sus labios reclamaron los míos con una urgencia que me robó el aliento, una danza de fuego y necesidad que me hizo perder la noción del tiempo y el espacio.
Sentí sus dedos descender por mi espalda, trazando el camino de mi columna hasta encontrar la curva de mis caderas. Cada caricia era una revelación, un lenguaje nuevo que mi piel aprendía a hablar a una velocidad vertiginosa. El mundo fuera de esa habitación dejó de existir. No había bodas, no había traiciones, no había familias perfectas. Solo estábamos nosotros, dos sombras en una suite de lujo, negociando el precio de un despertar que apenas comenzaba.
Cuando finalmente se separó, mis labios estaban encendidos y mi respiración era un desastre de suspiros entrecortados. Él me miró con una sonrisa de triunfo, sus ojos brillando con una luz azul que prometía un paraíso prohibido.
—Ese ha sido solo el principio —sentenció, mientras su mano comenzaba a deshacerse de su propia corbata—. Ahora, Dana, es cuando la lección se pone interesante.
Se puso de pie, su figura eclipsando la luz de la lámpara, y me tendió la mano.
—Venga conmigo. Hay algo que necesita ver antes de que el fuego nos co
nsuma por completo.







