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Mis piernas no dejaban de temblar, un ritmo errático que parecía sincronizarse con el latido desbocado de mi corazón. Me pregunté, por milésima vez, si lo que estaba haciendo era una locura suicida. Y la respuesta, fría y punzante como un hielo en la nuca, era que sí. Lo era. Pero cuando tienes el alma reducida a cenizas, las locuras dejan de parecer incendios para convertirse en refugios.
Después de años de una espera que ahora me parecía absurda, de haber custodiado mi virginidad como el tesoro más sagrado de un templo dedicado al hombre equivocado, la realidad me había golpeado con la fuerza de un naufragio. Jack, el hombre que juró amarme frente a todos, decidió que su despertar sexual no me pertenecía a mí, sino a su "mejor amiga". Decidió traicionar me antes de llegar al altar , con un vestido blanco burlándose de mi ingenuidad y el velo asfixiando mis sueños.
Contratar a un extraño no fue mi primera opción, pero estaba agotada. Agotada de ser la "chica buena", la mujer perfecta, la porcelana que nadie se atrevía a tocar por miedo a romperla. Quería ser ruda, quería ser atrevida... o al menos eso intentaba convencerme mientras me hundía en el colchón de seda de aquella suite de lujo.
Mi amiga Luz me había sugerido un babydoll color vino, pero al verme en el espejo, me sentí expuesta de una forma que me mareaba. La tela se ajustaba a mis curvas con una osadía que yo nunca me había permitido. Mis muslos gruesos y mis caderas prominentes parecían reclamar un espacio que yo siempre les había negado bajo capas de ropa recatada.
—Es solo una noche, Dana —me susurré, aunque mi estómago daba vueltas con tal violencia que temí perder la compostura sobre las sábanas.
Estuve a punto de levantarme y huir, de regresar a mi vida de sombras y silencios, pero entonces la imagen de la traición regresó con una nitidez lacerante. Lo vi de nuevo: el baño del hotel, el aroma a flores de la ceremonia mezclándose con el olor del engaño. Vi a mi prometido perdiendo el control con nuestra dama de honor, sus manos reclamando un placer que a mí me había prometido para "después de la boda". Los gemidos de ella, esos sonidos de entrega absoluta, habían sido el martillo que rompió mi realidad.
Recordé el fuego extraño que me recorrió en ese instante. No fue solo dolor; fue una chispa de envidia, un hambre súbita de entender qué era lo que ella sentía y yo no. En la puerta de ese baño, con el corazón roto, sentí por primera vez que mi propio cuerpo era un territorio desconocido y salvaje que gritaba por ser explorado.
—Se suspende la boda, me largo —había dicho yo con una calma que aterrorizó a Jack. Me di la vuelta y corrí, dejando atrás las flores muertas y un futuro que ya no me pertenecía.
Un sonido en la puerta me trajo de vuelta al presente.
—Disculpe la tardanza, señorita. Ya estoy aquí.
La voz era ronca, profunda, como el eco de un trueno en una montaña lejana. El aire en la habitación pareció espesarse de golpe. Levanté la vista y ahí estaba él. Si me hubieran dicho que el mismísimo dios Thor había decidido bajar a la tierra para reclamar mi alma, lo habría creído. Era un hombre imponente, de una escala física que desafiaba cualquier descripción lógica. Su cabello dorado capturaba la luz tenue de las lámparas, y sus hombros eran tan anchos que hacían que la habitación, por muy lujosa que fuera, pareciera pequeña.
Era Dante. Mi gigolo. Mi venganza. Mi despertar.
Me quedé atónita, con los dedos enterrados en la seda del colchón. Su mirada azul, cargada de una experiencia que me hizo sentir pequeña y vulnerable, recorrió mi figura con una parsimonia que me quemaba la piel. No era una mirada lasciva, era la mirada de un catador frente a una joya que nadie ha sabido valorar.
—Está temblando —observó él, dando un paso hacia la cama. Cada movimiento suyo tenía la gracia peligrosa de un depredador—. ¿Tiene miedo de mí, o de lo que está a punto de descubrir sobre sí misma?
Traté de tragar saliva, pero mi garganta estaba seca. Quise responder con la altivez de una mujer que sabe lo que hace, pero la verdad era que me sentía al borde de un precipicio.
—No se disculpe —logré articular, aunque mi voz era apenas un hilo—. Empecemos. Para eso está aquí.
Dante no se movió de inmediato. Se quedó allí, de pie, analizando mi resistencia. Su presencia emanaba un magnetismo animal que hacía que mi vientre se contrajera de una forma que nunca había experimentado. No eran solo nervios; era un calor sordo, una pulsación eléctrica que nacía en mi centro y se extendía por mis muslos.
—No vamos a apresurarnos, Dana —dijo él, y el uso de mi nombre fue como una caricia física—. La venganza es un plato frío, pero el placer... El placer es un incendio que hay que alimentar rama por rama.
Se acercó a la cama y se sentó en el borde. El colchón cedió bajo su peso, inclinando mi cuerpo hacia el suyo. El aroma a madera, tabaco y algo puramente masculino me inundó los sentidos, mareándome más que cualquier licor. Su mano, grande y cálida, se alzó para rozar mi mejilla. El contacto fue leve, apenas un suspiro de piel contra piel, pero fue suficiente para que un gemido quedara atrapado en mi garganta.
—Usted me ha contratado para una noche —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oreja—, pero yo voy a darle mucho más que eso. Voy a enseñarle que la chica perfecta que todos ven es solo la cárcel de la mujer que está a punto de nacer.
En ese momento, bajo la mirada hipnótica de aquel extraño, supe que no había vuelta atrás. La Dana que guardaba su virginidad como un tesoro había muerto en el altar. La mujer que estaba en esa cama, ardiendo bajo el tacto de un semidiós, estaba lista para reclamar lo que si
empre le fue negado.







