Capitulo 5: Cenizas del altar.

El primer rayo de sol se filtró por las pesadas cortinas de terciopelo, cortando la penumbra de la suite como una hoja de cristal. Me desperté con una sensación de pesadez en los párpados y un calor residual que todavía me recorría la piel, un eco de las manos de Dante que se negaba a desvanecerse. Durante unos segundos, el techo artesonado de la habitación me resultó ajeno, hasta que el aroma a madera y tabaco me golpeó los sentidos, trayendo consigo el vendaval de recuerdos de la noche anterior.

Me giré en la cama, esperando encontrar el torso esculpido del hombre que había reconstruido mi concepto del placer, pero el espacio a mi lado estaba vacío. Solo quedaba la marca de su peso en la sábana de seda y una nota doblada sobre la almohada.

Sentí una punzada de pánico, una vulnerabilidad antigua que intentó reclamar su lugar. ¿Había sido solo eso? ¿Un servicio prestado, una transacción de piel y secretos? Me incorporé, sintiendo el roce de la seda contra mi cuerpo, que ahora me parecía más vibrante, más consciente de su propia existencia. Mis movimientos eran diferentes; había una nueva gracia en la forma en que mis hombros se movían, una falta de vergüenza que me resultaba inquietante y deliciosa al mismo tiempo.

Tomé la nota. Su caligrafía era firme, elegante y carente de adornos innecesarios:

"Siete días, Dana, nos volveremos a reencontrar en 7 días. No deje que el mundo apague el fuego que encendimos frente al espejo. Recuerde: usted ya no es de nadie, porque finalmente empezó a ser suya."

Apreté el papel contra mi pecho y cerré los ojos, respirando el último rastro de su esencia. La "chica buena" habría llorado por el abandono, pero la mujer que nació entre los brazos de Dante simplemente sonrió. Sabía que esto no era un final, sino un intermedio necesario.

Sin embargo, la realidad no tardó en llamar a la puerta. Literalmente.

El sonido rítmico de mi teléfono sobre la mesita de noche rompió la burbuja de mi epifanía. Al ver la pantalla, mi sangre se congeló. Jack. Treinta llamadas perdidas. Cincuenta mensajes. Y detrás de él, mi madre, mi suegra, la organizadora de bodas... el mundo entero exigiendo una explicación por el cadáver de la ceremonia que dejé atrás.

Me levanté y caminé hacia el espejo del baño. Me detuve en seco. La Dana que me miraba no era la que ayer se vestía de blanco con el corazón tembloroso. Mis labios estaban más carnosos, mis ojos tenían una profundidad oscura y, al bajar la mirada hacia mis hombros, vi una pequeña marca rosada, un recordatorio de que un semidiós me había reclamado como suya. Era mi secreto. Mi armadura.

Me duché con lentitud, dejando que el agua tibia borrara el rastro físico de la noche, pero sabiendo que el cambio interno era permanente. Me vestí con unos vaqueros ajustados y una camisa que mostraba un poco más de piel de lo que mi antiguo yo hubiera permitido, normalmente la usaba con un suéter encima pero esta tome la decisión de dejarlo así. Salí del hotel con la cabeza alta, ignorando las miradas curiosas del personal que seguramente recordaba a la novia que entró corriendo hace días y salió con la mirada de una reina.

El trayecto hacia la casa de mis padres, en la zona más exclusiva de la ciudad, fue un desfile de pensamientos contradictorios. Al llegar, vi el coche de Jack estacionado en la entrada. Mi pulso se aceleró, pero no de miedo, sino de una anticipación fría.

Al entrar en el gran salón, el silencio se rompió como un cristal fino. Mi madre se puso de pie de un salto, con los ojos rojos de tanto llorar, y mi padre permaneció en la sombra, con la mandíbula tensa. Pero fue Jack quien se abalanzó hacia mí.

—¡Dana! ¡Por Dios, ¿dónde estabas?! —Su voz, que antes me parecía la música de mi vida, ahora me sonaba estridente, vacía—. Nos tenías locos. La cancelación, los invitados... ¿Tienes idea del escándalo que has provocado?

Lo miré fijamente. Jack se detuvo a medio paso, desconcertado por mi falta de reacción. Buscó en mis ojos las lágrimas de siempre, la disculpa lista para ser entregada, la sumisión de la mujer que él creía poseer. Pero no encontró nada de eso.

—El escándalo, Jack, empezó en el baño del hotel —dije, y mi voz salió con una calma gélida que hizo que mis padres intercambiaran una mirada de asombro—. El escándalo fue el respeto que tú pisoteaste mucho antes de que yo decidiera marcharme.

—Fue un error, Dana. Fue el nerviosismo de la boda, ella me tentó... —empezó a balbucear, usando las mismas excusas baratas que seguramente había ensayado toda la noche—. Pero podemos arreglarlo. He hablado con el sacerdote, podemos hacer una ceremonia privada, algo íntimo. Nadie tiene por qué saber los detalles. Te perdonaré este arrebato de locura si regresas ahora mismo a mi lado.

¿Me perdonaría él a mí? Solté una risa seca, una carcajada que nació desde el mismo lugar donde Dante había sembrado la semilla de mi libertad.

—No has entendido nada, Jack —dije, acercándome a él hasta que pudimos sentir nuestras respiraciones. Él retrocedió, intimidado por algo en mi mirada que no podía descifrar—. Ya no hay nada que perdonar, porque ya no hay nada que nos una. La mujer con la que te ibas a casar, esa chica perfecta y dócil, se quedó en aquel altar vacío.

Mi madre intervino, con la voz temblorosa por la preocupación de las apariencias sociales.

—Dana, hija, piensa en la familia. El apellido Castellanos de la Vega no puede permitirse este tipo de espectáculos. Jack es un buen hombre, ha cometido un desliz, pero...

—Un desliz no es entregarse a otra persona el día en que juras fidelidad eterna, mamá —la corté, mirándola con una claridad que la hizo callar—. Y si el precio de mantener el apellido es vivir en una mentira de seda y espinas, entonces prefiero ser una desconocida.

Jack intentó tomar mi mano, un gesto de posesividad que en otro tiempo me habría hecho ceder. Pero en el momento en que sus dedos rozaron mi piel, sentí una repulsión física tan fuerte que lo aparté de un empujón. Mi piel recordaba el tacto de Dante, el idioma de la piel que él me había enseñado, y el contacto de Jack se sentía como una profanación.

—No vuelvas a tocarme —le advertí, y mi tono fue tan definitivo que el color desapareció de su rostro—. Tienes una semana para sacar tus cosas de nuestro apartamento. O mejor dicho, del apartamento que mis padres pagaron.

—No puedes estar hablando en serio —masculló él, su arrogancia empezando a suplantar a su fingido arrepentimiento—. ¿A dónde vas a ir? ¿Quién te va a querer después de esto? Eres una chica virgen que no sabe nada del mundo, Dana. Sin mí, estás perdida.

Sonreí, y esta vez fue una sonrisa cargada de un conocimiento prohibido. Recordé el espejo, recordé la voz de Dante susurrándome que yo era un incendio.

—Te equivocas en tantas cosas, Jack... pero sobre todo en una. Ya no estoy perdida. Por primera vez en mi vida, sé exactamente dónde estoy y hacia dónde voy.

Me di la vuelta y subí a mi habitación, dejando atrás los gritos de Jack y las quejas de mi madre. Al cerrar la puerta, me apoyé contra la madera y exhalé un suspiro largo. Me quedaban siete días. Siete días de lidiar con las cenizas de mi antigua vida antes de volver a encontrarme con el hombre que me había enseñado que las cenizas son el mejor abono para el renacimiento.

Fui hacia mi armario, saqué el vestido de novia que habían traído del hotel y, sin un ápice de remordimiento, lo arrojé al fondo del cesto de la basura. El blanco ya no era mi color. Mi color era el vino, el de la seda que aún parecía quemar mi piel y el de la pasión que apenas comenzaba a reclamar su lugar en mi historia.

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