Jules mira a su alrededor con una mezcla de sorpresa y una risa incrédula que no termina de salirle del pecho.
Las mesas siguen repletas de copas sin tocar, botellas de champán alineadas como soldados en perfecto orden, bandejas de comida intactas que aún conservan el brillo tentador de lo recién preparado.
El aroma dulce y ligero del alcohol flota en el aire, mezclado con la brisa marina que entra desde los costados del yate.
La música suena baja, casi tímida, como si también se hubiera dado cuenta de que la multitud ya no está.
El yate, que hacía apenas una hora vibraba de voces, risas y movimientos, ahora parece suspendido en un limbo silencioso y expectante, como si aguardara a que algo —o alguien— decidiera qué hacer con ese vacío.
—Parece… —empieza Jules, girando lentamente sobre sí misma, observando cada rincón— como si el tiempo se hubiera detenido.
Alec la observa desde la barandilla, con una copa apoyada distraídamente entre los dedos.
Su postura es relajada, pero hay alg