Jules camina casi sin sentir el suelo bajo sus pies. Sus pasos la llevan de forma automática al mismo pasillo lateral, a esa zona menos iluminada del yate donde horas antes había visto a Michello hablando con Evan. El recuerdo le arde en la nuca como una advertencia tardía.
El aire allí es distinto. Más frío. Más denso.
Su corazón late con fuerza, desacompasado, mientras una sola idea se repite en su mente como un martillo: Dauphine.
¿Está bien? ¿Está asustada? ¿Está sola?
La culpa se le enrosca en el pecho.
Era mi trabajo cuidarla.
Prometí protegerla.
¿Y si le pasó algo porque yo no estuve?
Aprieta los puños al caminar, respirando con dificultad. Está tan absorta en sus pensamientos que, por un instante, cree que su mente le está jugando una mala pasada cuando escucha una voz infantil a pocos metros.
—…y entonces me compró este vestido tan bonito —dice la voz, animada—, pero me dijo que no podía ir a la fiesta y yo quería verla solo un poquito…
Jules se detiene en seco.
Ese timbre.
E