Alec no podía moverse. Se sentó pesadamente en el borde de la cubierta, las manos crispadas sobre las rodillas.
El teléfono aún brillaba en la palma de su mano, mostrando la imagen de Michello, el hombre que había sido parte de su pasado y que ahora representaba un peligro imposible de medir.
Cada línea de su rostro parecía tatuada por la culpa y el miedo. Cada respiración le recordaba que el peligro no era abstracto.
Estaba allí. En el yate. Entre ellos. Y Dauphine dormía tranquila, ajena a