Alec recorre el pasillo que conduce al camarote de Dauphine con el cuerpo tenso, cada músculo preparado para reaccionar.
No camina: avanza en silencio, midiendo cada paso, como si el suelo pudiera delatarlo.
El yate parece demasiado silencioso en esa zona, como si el lujo, la música y las risas de la fiesta no tuvieran permiso para cruzar ese umbral invisible que protege —o debería proteger— a su hija.
Ese silencio no es paz. Es espera.
Su mano se cierra alrededor del picaporte antes incluso de que su mente termine de formular el miedo que lo acompaña desde que Jules pronunció ese nombre.
No lo dice en voz alta, pero lo siente clavado en el pecho como una espina.
Michello.
El simple recuerdo le acelera el pulso. No es un miedo abstracto.
Es concreto, antiguo, aprendido a golpes. Michello no amenaza: actúa. Y siempre encuentra la forma de hacerlo donde más duele.
Abre la puerta con cuidado, conteniendo la respiración.
El interior del camarote está en penumbra, iluminado apenas por