Alec recorre el pasillo que conduce al camarote de Dauphine con el cuerpo tenso, cada músculo preparado para reaccionar.
No camina: avanza en silencio, midiendo cada paso, como si el suelo pudiera delatarlo.
El yate parece demasiado silencioso en esa zona, como si el lujo, la música y las risas de la fiesta no tuvieran permiso para cruzar ese umbral invisible que protege —o debería proteger— a su hija.
Ese silencio no es paz. Es espera.
Su mano se cierra alrededor del picaporte antes incluso