Alec se aparta del bullicio de la fiesta como si el ruido pudiera contaminarle la piel. Cada risa, cada copa que choca, cada comentario pronunciado con demasiada ligereza le resulta invasivo, casi ofensivo. Camina hasta uno de los extremos del yate, donde las luces se vuelven más tenues y la música llega amortiguada, distorsionada por la distancia y el viento. Allí, el murmullo de las conversaciones se diluye y queda sustituido por el sonido constante del mar golpeando suavemente el casco, rítm