Con una sonrisa, Alec empezó a subirle la falda del vestido y le tomó ambas piernas por debajo, apretando la suave piel con las manos. Volvió a alzar los ojos.
—Algo me dice que te gusta tenerme de rodillas.
—Nunca he visto una imagen tan linda –canturreó Jules.
—En lugar de reina, te haré diosa. Así podré adorarte como debo.
La sonrisa se le volvió en verdad felina cuando le subió el vestido hasta la cintura. Jules se sintió expuesta al aire fresco, y se estremeció.
—Sí –susurró él–. Creo