Jules se derritió, y unos delicados zarcillos de sombras y luces se reflejaban sobre la piel de él, como si lo estuviesen adornando.
Alec cerró los ojos al sentir las manos de ellas recorriendo su piel, mientras se desabotonaba los pantalones poco a poco.
Los dejó caer y se los sacó de una patada, liberando su larga dureza.
Ella se quedó sin aliento, y un estruendo sordo comenzó a martillear en su interior.
Cuando alzó la vista, él estaba mirándola fijo.
—Abre las piernas, cariño.
Jules s