La noche cae sobre La Sirène con una elegancia calculada, como si incluso el cielo supiera que algo importante está a punto de suceder.
Después de la cena, el yate se sumerge en una calma distinta. No es silencio: es expectativa. El murmullo del mar golpeando suavemente el casco, el tintinear lejano de copas que empiezan a disponerse en cubierta, pasos apresurados del personal ultimando detalles.
Dauphine ya duerme.
Jules se queda unos segundos de pie en la puerta del camarote de la niña, observándola respirar. El pecho pequeño sube y baja con tranquilidad, ajeno al mundo adulto que comienza a desplegarse unos metros más arriba. Cierra la puerta con cuidado, como si el simple gesto pudiera proteger ese pequeño universo intacto.
Entonces recuerda el vestido.
El camarote de Jules está en penumbra cuando entra. En el centro, cuidadosamente extendido sobre la cama, el blanco del vestido parece casi luminoso. No es solo tela. Es una promesa. O una advertencia.
Se desviste despacio, como si