El sol de la tarde se derrama sobre el Mediterráneo con una generosidad casi insolente.
El agua brilla como una superficie viva, salpicada de destellos blancos, y el murmullo constante de las olas se mezcla con el sonido lejano de la ciudad.
El puerto queda atrás mientras Jules camina junto a Alec, con Dauphine adelantándose unos pasos, incapaz de contener su energía.
La cafetería aparece entre palmeras y mesas de hierro forjado, abierta al mar como si no tuviera nada que ocultar.
Toldos claros, flores en macetas de cerámica y el aroma dulzón del azúcar recién caramelizado flotando en el aire.
Jules se detiene apenas un segundo antes de entrar.
—Es… precioso —murmura, más para sí misma que para ellos.
Alec la observa de reojo. Hay algo en su expresión que le resulta nuevo.
Una mezcla de curiosidad y asombro suave, como si el lugar estuviera despertando algo que llevaba tiempo dormido.
—Bienvenida a un café parisino con vistas decentes —dice, con una media sonrisa—. La regla es simp