La tarde cae lenta sobre el puerto cuando Jules, Alec y Dauphine abandonan La Sirène.
El sol empieza a descender, tiñendo el agua de tonos dorados y anaranjados que se reflejan en el casco impecable del yate.
El aire huele a sal y a ciudad viva, a motores lejanos y conversaciones superpuestas.
Jules camina unos pasos detrás de Alec, con Dauphine saltando a su lado, hablándole sin parar de cualquier cosa que se le cruce por la cabeza.
Jules sonríe, pero su mente está en otro lugar.
En la oficina, en el roce de un pulgar limpiando espuma. En un beso que no fue un beso. En una invitación que no debería significar nada… y lo significa todo.
—¿Vamos muy lejos, papá? —pregunta Dauphine, tirándole de la mano.
—No, pequeña. Está a unas calles —responde Alec, bajando la vista hacia ella con una sonrisa automática—. Prometo que no será aburrido.
Jules los observa. Hay algo profundamente natural en la forma en la que Alec se mueve con su hija. No es forzado, no es estudiado. Es real. Y eso, m