La tarde cae lenta sobre el puerto cuando Jules, Alec y Dauphine abandonan La Sirène.
El sol empieza a descender, tiñendo el agua de tonos dorados y anaranjados que se reflejan en el casco impecable del yate.
El aire huele a sal y a ciudad viva, a motores lejanos y conversaciones superpuestas.
Jules camina unos pasos detrás de Alec, con Dauphine saltando a su lado, hablándole sin parar de cualquier cosa que se le cruce por la cabeza.
Jules sonríe, pero su mente está en otro lugar.
En la ofic