Alec la observa unos segundos antes de hablar, como si midiera el momento exacto.
—¿Bailas conmigo? —le pregunta, extendiéndole la mano.
Jules parpadea, sorprendida. Mira alrededor: la pista, la música lenta que se desliza por la cubierta, las parejas que se mueven con naturalidad.
—No sé bailar —confiesa, casi en un susurro.
La comisura de los labios de Alec se curva con suavidad.
—Entonces es perfecto —responde—. Yo te enseño.
Ella duda. Se muerde el labio, indecisa, sintiendo ese cosquilleo familiar en el estómago. Finalmente, asiente.
—Está bien… pero no te rías.
—Jamás —promete.
Caminan hacia la pista tomados de la mano. El contacto es simple, pero cargado de intención.
Los dedos de Alec se cierran con firmeza alrededor de los de ella, guiándola entre luces doradas y reflejos del mar.
La música los envuelve, lenta, profunda, como un latido constante.
—Mírame —dice él con voz baja—. Solo a mí.
Alec se detiene frente a ella y, con paciencia infinita, le indica la posición.
Su ma