Los días pasaban y la vida se volvía cada vez más cotidiana. Noah, sobreprotector como siempre, cuidaba a Olivia con un esmero que rozaba la obsesión. La llevaba cada mañana a la universidad, la iba a buscar al terminar las clases, le enviaba mensajes durante el día para asegurarse de que estuviera comiendo y no permitía que olvidara ninguna de sus vitaminas. Olivia, lejos de sentirse agobiada, disfrutaba cada una de esas pequeñas atenciones porque sabía que nacían del amor sincero que él sentí