El siguiente día no fue bueno para Lía, estaba recostada en el sillón, sintiendo que sus huesos se rompían, sus labios estaban amoratados, sus encías habían sangrado toda la noche, los efectos secundarios de la segunda quimioterapia le habían pegado más duro que la primera.
Freja estaba arrodillada en el suelo, frotándole las manos, pero las manos de Lía no se calentaban.
—Vamos, corazón, aquí estoy —dijo Freja, tratando de controlar los nervios, habían pasado muy mala noche, pero no la dejaría