Sky toleró lo mejor que pudo las manos ajenas, mientras las empleadas demoníacas se movían a su alrededor como una coreografía ensayada, mientras una ajustaba la cintura del vestido, otra acomodaba el escote, una tercera trenzaba mechones de su cabello rojo y blanco para recogerlos con joyas oscuras. El vestido era suave, carísimo, pesado y por supuesto de oro y seda, Sky no era que se creyera indigna de vestir así, porque en ella empezaba a surgir un sentir no de codicia, sino más bien de rede