89. No todos están contigo, Névara.
Nunca supe cuántos juramentos podían romperse en una sola noche hasta que vi la forma en que los ojos de los míos evitaban los míos, desviándose como si mi mirada fuera un hierro al rojo que no podían sostener, y sin embargo, detrás de cada pestañeo había un destello breve de cálculo, un latido de algo que no era solo miedo, sino esa mezcla indecente de ambición y culpa que reconoce el filo de la oportunidad cuando lo huele en el aire. El eco, mi eco —o lo que algunos aún se atrevían a llamar “