494. La ceremonia que no pide permiso.
La invitación llega revestida de inevitabilidad, no como orden ni como súplica, sino como una consecuencia lógica que pretende pasar por neutralidad, y al leerla entiendo que no buscan resolver nada, que lo que desean es una escena final donde cada parte pueda reconocerse en el espejo que más le convenga, aun sabiendo que el reflejo será incompleto.
Acepto.
No porque confíe en el dispositivo, sino porque rehuirlo ahora equivaldría a concederles una forma de cierre que no han ganado.
El espacio