292. La doncella de fuego.
El amanecer se levanta lento, con un resplandor de cobre que roza los vitrales del palacio y pinta las paredes con sombras alargadas, como si el día también temiera tocar este lugar. No he dormido. El emisario sigue respirando con dificultad en la habitación contigua; su fiebre, aunque menguante, arde aún en mis pensamientos. Siento su calor bajo mi piel, incluso cuando me alejo.
El silencio pesa, pero no es vacío. Algo se mueve en los corredores, un rumor de pasos que no pertenecen a ningún si