293. El perfume de la condena.

El amanecer, afuera, se convierte en oro.

La luz entra en el salón, tocando nuestros cuerpos, purificándolo todo.

Siento que algo en el aire cambia: la entidad del beso, la fuerza que me domina, parece aquietarse. Tal vez porque entiende que no todo lo que arde destruye.

La doncella me mira una última vez antes de inclinar la cabeza.

—¿Qué quieres que haga ahora? —pregunta.

—Nada —respondo—. Arde, pero por ti.

Cuando sale del salón, dejo que la luz la siga.

Y por un instante, creo que el mundo respira diferente, como si acabara de aprender que incluso el fuego puede enamorarse.

El eco de las voces se ha extinguido, pero el salón aún respira. El aire huele a vino derramado, a tinta fresca y a un incienso que se quema con lentitud en los altares menores. Las velas tiemblan como si adivinaran algo que se aproxima, una presencia que no pertenece del todo al mundo que conozco.

Estoy sola, o eso creo, hasta que el reflejo en el espejo de bronce muestra una silueta detrás de mí. No hace ruid
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