275. Te miro.
La noche cae como una melodía que nadie se atreve a terminar. En el gran salón, las velas agonizan sobre los candelabros, derramando lágrimas doradas sobre el mármol, y las sombras parecen moverse con el pulso del aire, respirando junto conmigo.
Hace horas que los consejeros se han ido, arrastrando tras de sí el cansancio de sus intrigas, pero él —el bufón, mi bufón— sigue allí, sentado en el borde del estrado, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo, como si buscara en