274. A solas siempre hay un precio.
La noche cae como una seda húmeda sobre el palacio, y el eco de las últimas voces del consejo se disuelve en los pasillos, dejando tras de sí el olor del incienso y del hierro, el rastro invisible de las decisiones que no se dicen en voz alta.
Yo permanezco en el salón vacío, de pie junto a la gran ventana abierta, mientras el aire trae desde los jardines el murmullo de las fuentes y el aroma de las flores nocturnas. Mis dedos juegan con el borde de una copa de vino, dibujando un círculo lento