248. La loba del veneno y del deseo.
El palacio huele a incienso espeso y a miedo contenido, y mientras camino por los corredores con paso lento, arrastrando el roce de mis faldas contra las piedras pulidas, siento que todas las miradas que me siguen no saben si inclinarse en respeto o apartarse con recelo, porque esta noche el conspirador ha muerto y aunque nadie me lo dice en voz alta, todos sospechan que mis manos, o mi boca, o mi piel han sido las que sirvieron de copa envenenada.
Entro en mis aposentos sin volverme hacia quie