249. Las caricias de la sospecha.
El salón del consejo huele a madera encerada, a polvo viejo y a perfume masculino demasiado fuerte, una mezcla sofocante que se me adhiere a la piel y me recuerda en cada instante que estoy rodeada de lobos con dientes limados en sonrisas educadas. Me observan como quien acaricia con los ojos un veneno encerrado en una copa de cristal, dudando si beberlo o derramarlo en la garganta del enemigo. Yo sonrío, ladeo la cabeza, juego con el borde de mi abanico como si el murmullo de sus preguntas fue