141. Dolor y delicia.

La noche me recibe con una calma engañosa, como si las paredes mismas del palacio hubieran decidido guardar silencio para observar lo que está por suceder, y mi cuerpo, aún impregnado de perfumes y del eco de las risas de la fiesta, busca en la penumbra la tibieza de unas manos que me reclamen, de una boca que me robe el aire con violencia o ternura, sin importar cuál llegue primero, porque ambas formas de posesión me pertenecen y me definen.

El lecho se abre como un abismo dispuesto a devorar
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