142. Sangre en los labios.
La plaza está llena, los murmullos se elevan como un enjambre nervioso, las antorchas oscilan al ritmo de un viento que huele a hierro y a sudor, y yo me encuentro en el centro de todo, con la mirada fija en el cuerpo arrodillado de aquel que osó vender mis secretos, con la piel erizada no de miedo, sino de una excitación oscura que me recorre desde la nuca hasta las piernas, porque hay algo en el poder absoluto de tener la vida de otro en mis manos que despierta en mí un pulso que no puedo ocu