135. Reina de cenizas.
Despierto aún con el sabor metálico de la sangre en mis labios, aunque sé que no es mía, ni siquiera del espía cuyo último aliento se confundió con mi gemido más oscuro; es el sabor de la traición que me arde en la garganta, de la decisión que me parte en dos y que, sin embargo, me sostiene erguida en este suelo que tiembla, porque ahora el eco se ha desatado y no hay ejército que no tiemble bajo su furia invisible, ni soldado que no sienta el estremecimiento recorriéndole la espalda como un lá