134. El beso que condena.

La penumbra de la sala vacía se adhiere a mi piel como un velo húmedo, el aire está impregnado de la fragancia metálica de las armas escondidas en las paredes y del incienso que aún arde en un rincón, dejando un humo perezoso que sube en espirales torcidas, como si supiera que aquí no habrá plegarias inocentes, solo pactos sellados con el filo de la lengua y la temperatura del cuerpo. Lo siento antes de verlo, el espía ya está aquí, aguardando en silencio, como un depredador que disfruta del mo
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