128. La herida que arde.
El aire nocturno se quiebra en un instante, como si el mismo cielo hubiera decidido desgarrarse sobre nosotros; primero un estruendo seco, un crujido que no sé si nace de la tierra o de mi propio pecho, y enseguida las llamas, las flechas encendidas cayendo como estrellas malditas sobre el campamento, iluminando rostros dormidos que despiertan en gritos, cuerpos que corren, que tropiezan, que sangran sin siquiera entender qué los atraviesa. Yo me levanto de golpe, el corazón al galope, el vesti