120. Cadenas invisibles.
No sé en qué momento el sueño se convirtió en prisión, ni cuándo el murmullo de la noche se volvió un eco ajeno, como si alguien hubiera tomado mi respiración y la hubiera transformado en un cántico hipnótico que me arrastraba, paso a paso, hacia un lugar donde ya no soy dueña de mi cuerpo. No hay muros, no hay techo, solo una penumbra ondulante que se contrae y respira como si estuviera viva, y en el centro de esa penumbra me descubro desnuda de todo, salvo de la certeza de que alguien me obse