109. El filo entre el amor y la condena.
El aire se espesa como un sudario invisible, una tela húmeda y sofocante que se pega a la piel y a la garganta, obligándome a respirar con esfuerzo, a escuchar cada golpe de mi propio corazón como si quisiera anunciarme que el fin se acerca, que nada de lo que he sostenido hasta ahora puede resistir la marea oscura que se avecina. El santuario entero palpita con un temblor subterráneo, las paredes vibran como si fueran de carne, y yo sé que no es la tierra la que tiembla, sino la traición que h