Cap. 154 Tenía que verlo.
La madrugada en La Tormenta era un silencio profundo, roto solo por el tictac del antiguo reloj de péndulo del salón. Hasta que, como un reloj despertador implacable, Santiago comenzó su concierto.
Un llanto vigoroso, demandante, que atravesó la puerta entreabierta de la habitación de Alba y la arrancó de un sueño superficial.
Con un suspiro de cansancio que le llegaba a los huesos, se incorporó. "Diez minutos", pensó. "Solo diez minutos de pausa antes de amamantarlo".
Había dejado un biberón