Cap. 153 Hola, Santiago
La Tormenta, por fin, volvía a resonar con el sonido más puro y desesperante: el llanto vigoroso de un recién nacido. Santiago Bruno, ya instalado en el moisés de la habitación principal, ejercitaba sus pulmones con la determinación de un director de orquesta que exige atención absoluta.
Era un llanto fuerte, sano, que llenaba cada rincón de la casa como una declaración de vida.
Alba, aún moviéndose con la lentitud propia del posparto pero con un brillo de alivio en los ojos, observaba la escena desde el umbral de la sala. En casa. En casa. Las paredes parecían expandirse para dar cabida a esta nueva y ruidosa normalidad.
Los gemelos, Luna y Sebastián, habían interrumpido su frenética exploración del mundo a gatas. Sentados en una manta suave, se quedaron quietos, dos pares de ojos redondos como platos, siguiendo el sonido del nuevo llanto con fascinación científica. Sebastián se llevó un puño a la boca, pensativo.
Luna, la más aventurera, comenzó a gatear decididamente hacia el moi