Cap. 121 La única que importa
Alba asintió. No con asentimiento a sus temores, sino en reconocimiento de su angustia. Lo miraba, escuchando, midiendo la profundidad de su miedo y su arrepentimiento. Y entonces, dijo algo que ella misma creyó que jamás diría, una frase que sellaba una transferencia de confianza monumental, nacida de la desesperación y de una evaluación fría de su carácter.
—Lucius —dijo, su voz clara y serena, como un lago en calma después de la tormenta—, pero estás tú. Tus padres. Mis padres. Luther. —Hizo