Cap. 121 La única que importa
Alba asintió. No con asentimiento a sus temores, sino en reconocimiento de su angustia. Lo miraba, escuchando, midiendo la profundidad de su miedo y su arrepentimiento. Y entonces, dijo algo que ella misma creyó que jamás diría, una frase que sellaba una transferencia de confianza monumental, nacida de la desesperación y de una evaluación fría de su carácter.
—Lucius —dijo, su voz clara y serena, como un lago en calma después de la tormenta—, pero estás tú. Tus padres. Mis padres. Luther. —Hizo una pausa, clavando sus ojos en los suyos.
—Pero en especial tú. Eres su padre. Sé que los quieres. Y sé… sé que los vas a cuidar con tu vida si me pasa algo.
El aire se le escapó a Lucius. Fue un golpe directo al centro del pecho, más contundente que cualquier bala.
—Te encargo a ti —continuó Alba, sin titubear, cada palabra, un pacto tallado en piedra— que los cuides con tu vida si me pasa algo. A los tres. Alicia, el niño, la niña. Tú. Con tu vida.
No era una pregunta. No era una súplica. Er