Cap. 120 Lucius tiene razón
Mientras Luther hablaba, la tensión en la habitación aumentó. Los rostros de Lena y Hugo se nublaron de preocupación. Lucius, sentado al otro lado de la mesa, había ido poniéndose cada vez más rígido, su único puño sano apretándose sobre la mesa.
Cuando Luther terminó, hubo un silencio cargado. Entonces, Lucius se levantó, con un movimiento torpe, pero lleno de una furia contenida.
—No —dijo, y la palabra cayó como un martillo.
—Eso no. —Su mirada, cargada de un fuego protector que nadie le había visto en años, se clavó en Alba, luego en Luther, en Isabella.
—Alba no puede estar en semejante peligro. Lo prohíbo.
El verbo resonó en la sala, un eco de un Lucius pasado, el de los edictos arrogantes. Pero esta vez no era arrogancia. Era terror. Un terror visceral, primitivo, de perderla de nuevo, esta vez para siempre.
Rugió, el sonido llenando el espacio: —¡¿Están locos?! ¡¿Van a usarla como carnada después de todo lo que ha pasado?! ¡No!
Lena y Hugo asintieron, visiblemente, sus rostros