Cap. 118 Pero no se fue.
Miradas de reproche de Alba, que atravesaban la habitación como dagas silenciosas, acusándolo de cada noche sola, de cada miedo enfrentado en solitario, de la traición que casi les cuesta la vida a sus hijas.
Miradas de amor tardío de Lucius, un amor que siempre estuvo ahí, pero que se extravió en la arrogancia y la manipulación de Celeste, y que ahora le quemaba los ojos con la fuerza de un sol que despierta tras un eclipse, demasiado tarde, quizá, para algunas cosas.
Miradas de respeto ignorado, el respeto que Alba merecía como su esposa, como la madre de sus hijos, como la mujer fuerte que era, y que él había pisoteado al darle credibilidad a las mentiras de otra.
Miradas de dolor blindado, el dolor de Alba, envuelto en capas de rabia y determinación para no desmoronarse; el dolor de Lucius, físico por la herida, pero mucho más profundo por la comprensión de todo lo que había perdido y puesto en peligro.
Los segundos se extendieron como minutos. Lucius fue el primero en romper el h