Cap. 117 ¿Mi pequeña…?
No fue un grito. Fue un sonido gutural, ahogado, que se le escapó del pecho como si le hubieran quitado un peso de encima. Un sollozo profundo, tremendo, seguido por una oleada de lágrimas que brotaron sin permiso, llenas de un alivio tan agudo que era casi doloroso.
—¿Alicia? —logró decir entre jadeos, como si necesitara oír el nombre, confirmar que era real.
—¿Mi pequeña…?
—Sí, Lucius —confirmó Isabella, y esta vez, su mano, firme y segura, se posó sobre la suya, la sana.
—Tu pequeña. Nuestr