Cap. 103 Cesárea
Escribir sus textos de investigación, analizar datos, proponer nuevas hipótesis, eso la hacía feliz. Era, en esencia, una ermitaña científica, y este encierro forzado le había dado el tiempo libre y la quietud que anhelaba para desarrollar sus proyectos.
Mientras Alba fingía dolores de espalda y antojos, Julia sentía las pataditas reales de sus sobrinos y anotaba observaciones meticulosas en un diario que compartía con los médicos.
Mientras Lucius libraba su guerra económica en las sombras y Matías hervía de odio impotente, Julia, en su santuario de acero y cristal, protegía el futuro de la familia con la misma dedicación con la que descifraba los secretos del genoma.
Ella era la retaguardia más silenciosa y crucial de todas: la guardiana de la esperanza concreta, la que aseguraba que, cuando llegara el momento del trasplante para Alicia, las células madre estuvieran allí, sanas y listas, fruto no de un secuestro o una violación, como creía Matías, sino de un acto de amor y astucia